La esperanza
Hace un año que dejé la empresa de mi madre, tomé la decisión después de muchos meses de cansancio y de sobre esfuerzo. Las cosas no fluía bien, el negocio estaba en un impasse. Si mi socio no se hacía cargo yo dejaría que la empresa se autodestruyera en diez segundos.
Retomé entonces mi proyecto personal, Ágata. Mi editorial, con la que ya trabajaba desde 2021 y que había dejado de lado para hacerme cargo, otra vez, de la empresa de mi madre, de mi madre muerta. Quise hacerlo bien y no me salió, no como yo esperé. Y al final del túnel, después de tanto dolor y cansancio me encontré a mí: ¿y yo qué quiero?
Recuerdo que cuando tomé la decisión de salirme de la empresa, en marzo de 2025, volví a sentir que mi madre se había muerto tal como se sintió en octubre de 2021. Se multiplicó su muerte. La empresa que por veinte años trabajamos juntas se moría, porque yo la dejaba morir en mí.
Sé que estuve deprimida varios meses, pero también esos meses retomé mi proyecto y mi vida y entonces todo pareció tener sentido. Hasta que llegó el vacío existencial y me di cuenta de que no lo tenía y que más bien aquello era insostenible. Un día desperté y ya estaba en el pozo profundo.
Me costó otros meses salir de ahí. Terapia, dos novias.
Y como siempre, me salvaron mis amigas.
Pero lo que quiero contar aquí es otra cosa. Ayer Ivi me dijo que quería ver una película conmigo: Elementos, de Disney Pixar. Una historia bella y tierna sobre una chica de fuego que se enamora de un hombre agua y descubre que, la herencia familiar, la tienda que con tanto esfuerzo ha montado su padre, ella no la quiere. Me conmovió mucho esa peli. Me llevó a la empresa de mi madre, otra vez, al peso que se siente al cargar con una herencia que no has elegido. Por lealtad, porque el esfuerzo de veinte años debe honrarse. Pero mi sueño nunca fue tener esa empresa, yo quería hacer libros. Desde niña, yo quería hacer libros.
Hay una escena en la que Amber, la chica de fuego, habla con su papá y le explica que no quiere hacerse cargo de la tienda, y el papá la entiende y ambos hacen un ritual donde honran juntos sus caminos distintos, se honran el uno al otro. Al ver esa escena pensé, mientras lloraba, que yo no tuve eso con mi madre. Que yo tomé la decisión, sola, de seguir con mi sueño de hacer libros, sin consultarlo con ella, sin cerrar de manera honrosa su legado. Y sentí culpa, y me desbaraté en llanto después. Sé que mi madre me habría dicho que no me preocupara, Ivi me hizo recordar eso, que habría sido tierna y amorosa y me hubiera dicho algo como "brujita, este fue mi sueño, no el tuyo" y me dejaría con el corazón tranquilo y me abrazaría y yo lloraría mucho. Pero no tuvimos ese momento, solo puedo imaginarlo y consolarme en el recuerdo imaginario, pero es eso, fantasía.
No había reconocido esa culpa y ayer la sentí, fue la bestia dormida que abrió un ojo. El calabozo número cinco.
Todo alrededor se conectó. Mis angustia, la sensación de desprotección, la culpa encontrada, reconocida, mis ganas de ser librera y mi miedo... Cuando dejé la empresa dejé también una estabilidad falsa, pero que pagaba las cuentas. Y ahora al darle play a "mi sueño", esa estabilidad no está y me aterra y me paraliza cuando veo que el siguiente mes en lugar de horizonte tiene un signo de interrogación. Ser independiente, ser libre laboralmente, tiene ese riesgo. Latente. Y aunque ya tengo un año haciendo malabares, también ha sido un año calma, de contemplación, de aprendizaje, de desarrollar mi oficio. Con cada libro nuevo aprendo más y mejor mi oficio de editora.
Pero ya me cansé.
Apliqué a un financiamiento de gobierno federal, para hacer mi taller de libros, mi imprenta, y el trámite comenzó su proceso. Me pidieron todos mis documentos, los contactos personales de dos referencias, mi estado de cuenta, todo. Y yo caí.
La esperanza.
Volver con el alma aferrada a un dulce recuerdo que lloro otra vez. Cuál habrá sido ese dulce recuerdo de mi papá. Le gustaba tocar esa canción en la guitarra. Y sentía su dolor cada vez que lo hacía. Volveeeeeeer. Nunca lo sabré. Quiero saber, en cambio, la historia de la estafa millonaria que vivió por correo electrónico, que lo llevó a viajar hasta Sudáfrica. Él estaba convencido de que ese premio millonario era suyo y lo persiguió hasta que lo amenazaron de muerte y entonces dejó de insistir.
Tenía tantas ganas de demostrar que era cierto, tenía tantas ganas de creer, de creer, de creer. Y se aferró con los dientes. Nunca esos estafadores contaron con la determinación de mi papá, nunca se imaginaron esos negrones despiadados y listillos que mi papá volaría a Sudáfrica a reclamar su premio.
Real money. Le mostraron en una maleta. Real money.
Pero lo despacharon escoltado con pistolas. Ese es un gran cuento. Necesito que Kike me lo cuente otra vez. Mi papá quería creer. Una vez una medium me dijo que mi papá estaba obsesionado con un tesoro que le robaron en otra vida, y que literal, peregrinaba en sus vidas para encontrarlo. Qué neciooooooo. Pero lo veo. Cuando comenzó el proyecto de Moradigna fue lo mismo. Creyó, creyó, quería creer otra vez que ese crédito lo estaba esperando y no llegó. La empresa, después de años de cobrarle cuotas misteriosas y pagos extraordinarios para adelantar su trámite, fue declarada como fraude. Sé que se deprimió, que no pudo con eso. Y yo además lo corrí de mi casa y lo mandé de regreso con Angélica.
¿Por qué nunca me lo contó?
Mi papá quería creer.
Y yo también quise creer cuando llegó este financiamiento de medio millón de pesos del gobierno federal a mi inbox. Quise creer, quise creer, pero la ilusión de montar mi librería con ese dinero duró menos de una semana. Cuando solicitaron el primer pago para liberar la póliza comprendí que era una estafa. Ivi estaba emocionada por mí y me dolió más romper su ilusión que la mía.
Jugar con la esperanza es cruel. Esos pillos cibernéticos merecen que los cuelguen de los huevos, desnudos, en un árbol lleno de hormigas. Mi esperanza muerta, mi madre muerta, la empresa de mi madre muerta, mi padre muerto.
Pero en el fondo, mi sueño estaba vivo.
Haber recibido esa noticia lo activó, lo revivió. La librería. Ágata libros. Le conté a Ivi todo lo que he estado preparándome para este momento, los cursos que he tomado, la investigación que he hecho, los presupuestos que he solicitado. Voy a ser librera. Estoy lista.
Pero no con ese dinero.
Ayer fue día del padre, y el mensaje del financiamiento aprobado llegó hoy 22 de junio, a las 11:11 am, putos pillos de mierda. Los números me hablaban, sin duda, de que esto era un "regalo" de mi papá. Y todavía tuvieron el detalle de decirme que gracias al proyecto de mi madre se avalaba mi candidatura al financiamiento. "Qué buen combo, al fin entiendo cómo mi madre está bendiciendo mi decisión". Pero no fue real. Bastó con investigar un poco con la chata y lo demás fue ojo de ciberpolicía. Que los cuelguen de los huevos.
La reflexión llegó entonces: ¿para qué estoy viviendo esto? Y el rebote pegó en tres lugares: mi papá en Sudáfrica, mi papá en Moradigna y la llamada del 11 de diciembre —la fecha que murió mi papá— para participar en Shark Tank.
La ilusión es poderosa. Pero la esperanza es una trampa.
Si mi papá quería creer, si Erika quería creer, tal vez lo único que hay que hacer es creer.
Enrique en Enrique y Érika en Érika.
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