La terapia y la posibilidad

 En terapia con Vladi hablamos de que no podemos imaginar algo que no conocemos. Saber amar también está en la lista.

Si nunca hemos visto una forma "diferente" de relación, ¿cómo podríamos inventarla? Podríamos teorizar… Sí. Pero al final la construiremos con los materiales que tenemos disponibles, hasta que la experiencia nos enseñe otros.

Yo no tuve un modelo de pareja. Mis papás eran más bien dos individuos compartiendo una casa y unos hijos. Había un concepto de familia, pero no recuerdo un concepto de pareja. 

Entonces aprendí a crear mi propia idea. Pero aprendí a enamorarme más de una proyección que de una persona. Con Lourdes imaginé la casa, el perro, la camioneta, las vacaciones. Una relación monógama, exclusiva, una compañera de vida. Pero ¿esa imagen era realmente un proyecto compartido o solo una película que yo había aprendido a desear?

—Una relación necesita dos personas mirando hacia el mismo horizonte —dijo Vladi—. No basta con quererse. Hace falta compartir la idea de hacia dónde van. Y aun así, nada garantiza que ese camino sea “caminable”. La voluntad puede sostener un proyecto, pero el proceso personal de cada quien también puede volverlo imposible.

Como me pasó con Fer.

Después cambió de tema. “Inventa un juego que no exista”.

Imaginé piezas de madera en un tablero, como de ajedrez, que estaba proyectado como un holograma, con piezas de luz que seguían patrones. 

—¿Tu juego es de varias personas o es individual? 

—Individual. 

—¿Por qué individual?

—Porque es más fácil. Control de riesgos. Si el juego depende únicamente de mí, no hay posibilidad de que alguien tenga que jugar conmigo, como cuando juegas en el celular.

Luego me pidió que lo hiciera completamente irreal.

Pensé en hacer el tablero de humo. Piezas de luces de colores, intermitentes.

—Pero incluso el humo y la luz ya existen —dijo Vladi—. Solo estás reorganizando cosas conocidas.

La tarea se puso difícil. Me rendí. Después me dijo: 

—El cuerpo es la primera certeza que tenemos. Después vienen la vida y la muerte.

Me pidió que me acostara en el piso y empezó a darme instrucciones. “Mira un punto en el techo y luego mírate la punta de la nariz”. Lo repetí varias veces. “Ahora alarga tus labios, como si quisieras besar el techo. Y al mismo tiempo levanta la punta de los pies”. También lo repetí varias veces. El punto en el techo, el beso, la punta de los pies, después presioné la cabeza contra el suelo, y al final abrí los dedos de las manos. Cada instrucción se iba sumando a la anterior. No podía deshacer ningún movimiento; tenía que incorporarlo y agregar el siguiente. Hacerlo todo y descansar. Hacerlo y descansar. 

Estaba en una posición completamente ridícula. 

Me sentí relajada, muy relajada, tanto que quise dormir.

—¿Alguna vez habías hecho estos movimientos juntos? 

—No. 

—Ahora ordénale a tu cuerpo que incorpore esta posibilidad de crear algo que no existe en tus relaciones amorosas. 

—Pero si sigo aquí acostada aquí voy a quedarme dormida.

—Haz lo que tu cuerpo te dice que hagas. Duerme. 

Y se desconectó. 


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